Categoría: Cuentos cortos

Bill Turkey, el zapatero de Crabtree

Bill Turkey, el zapatero de Crabtree

 

—¿Se ha producido ya la firma? —preguntaba el magistrado.

—Así es —respondía el zapatero.

Bill Turkey era un buen zapatero. Se decía que podía remendar un viejo chanclo con increíble habilidad y dejarlo como nuevo. También era un buen amigo, uno de los mejores que pueda tenerse. Pete Cordman, el hombre al que estaban exhumando, lo supo bien. No todo había salido como él tenía previsto, pero Bill cumplió su parte: bastante es que salvó el cuello después de lo que pasó… en fin, es una historia un tanto extraña.

Debemos trasladarnos al pequeño pueblecito de Crabtree, no muy lejos de Horsham, pero tampoco demasiado cerca, si entienden lo que les quiero decir. Hay cerca de este tranquilo lugar, al este, un bosque no muy grande por el que los dos amigos solían pasear en las tardes de verano. A veces subían hasta la casa de campo de Bellevue por el camino que atraviesa el lago, uno de los rincones más encantadores del viejo bosque, y se detenían a observar los rayos de sol en su superficie. Solían charlar animadamente y silbar canciones de los días de sus abuelos, cuando los caminos eran más difíciles de transitar y la luz de una buena posada en la lejanía era una bendición. Una tarde, sin embargo, el zapatero encontró a su amigo especialmente taciturno, y le preguntó qué le ocurría.

—¿Qué sucede, Pete? Estás arrugado como una pasa y caminas como si cargaras dos alforjas repletas de plomo.

Le costó al zapatero descubrir qué le ocurría a su camarada, que no hacía más que suspirar, sin darle respuesta alguna. Al cabo de un rato, cuando llegaron al lago, Pete se detuvo en la orilla con una expresión especialmente melancólica y habló así:

—Últimamente me encuentro muy cansado, y he ido a ver al doctor. No me ha dado buenas noticias, Bill. Dice que tengo algo malo y que me lo han pillado tarde, y que ponga en orden mis asuntos, ya sabes.

El rostro del zapatero, en aquel momento, quedó tan compungido que hasta Pete se echó a reír.

—Bueno, no te pongas así, hombre. Tarde o temprano, a todos nos llega la hora. ¿Por qué verlo como algo trágico? —Y en este punto, Pete se arrancó con uno de sus discursitos, que tanto le gustaban: —Todos nosotros, corriendo de acá para allá por el mundo, afanándonos en hacer lo correcto, sí, siempre tratando de hacer lo correcto. ¿No es cómico? Quiero decir, ¿a quién le importa? Me refiero, tú y yo, tarde o temprano, igual vamos a irnos al carajo. ¿De qué preocuparse entonces?

Aunque Pete no logró suavizar el choque que le supuso a su mejor amigo la noticia de su inminente partida al país de más-allá-del-río, logró, de algún modo, convencerle de que le ayudara en una peculiar empresa.

—Sabes que no tengo mucho aquí, compadre —le dijo al zapatero— y que, en realidad, no me importa mucho lo que digan los demás. Quiero que te quedes la vieja granja, si crees que podrás hacer algo con ella, y si no lo crees, puedes venderla. Pero necesito que me hagas un favor, y es un favor grande, el más grande que te podría pedir, puesto que ni es bonito ni agradable. Mira —dijo, poniéndose serio—, sabes que no soy de esos que quieren morir en la cama, hecho un trapo, rodeado por cuatro pazguatos y el cura. Tampoco me gustaría compartir habitación con toda esa gente del cementerio: es un sitio que da mala espina a todo el mundo, ¿por qué acabar ahí? No, yo pertenezco aquí —y abarcó con un amplio gesto las lindes del bosque.

Después de esto, se hizo un silencio un tanto incómodo. Unas nubecillas emborronaron el ambiente, y se levantó un viento fresco. La superficie del lago se tornó opaca, y Bill, el zapatero, tuvo incluso un escalofrío.

—¿Qué quieres que haga? —respondió, al fin.

Pete Cordman no se andó con rodeos, conocía a su amigo desde que eran unos críos que se sorbían los mocos.

—Quiero que seas mi sepulturero, que no mi verdugo: de eso me encargaré yo. Necesito que caves mi fosa aquí, en el bosque, y me entierres en ella cuando parta en mi último viaje. Es mi deseo descansar aquí, y es mi deseo hacerlo cuando yo quiera, y no cuando se le antoje a un matasanos. Ya inventaremos alguna farsa acerca de mi desaparición: podemos decir que me ahogué, o qué se yo. Habrá tiempo para eso si aceptas. ¿Aceptarás?

Al principio de esta historia decía que Bill Turkey era un buen amigo. Creo que se convencerán de que no le elogié en vano cuando sepan lo que contestó:

—Acepto.

Simple y llanamente. Ni una cuestión, ni un reproche. Si eso no es amistad verdadera, díganme cómo la entienden ustedes. Las nubes se disiparon, el sol volvió a asomar, los pajarillos cantaron en las copas de los pinos y el lago prendió como si fuera de aceite. Los dos se fundieron en un cálido abrazo y rieron.

Imagino que se preguntarán cómo fue la elaborada farsa, y todo lo demás. Quizás en otra ocasión detalle esta parte del asunto, ahora sería demasiado largo contarlo. Como habrán podido deducir si han estado atentos al principio de la historia, Pete Cordman fue enterrado en el bosque… y exhumado después. Lo encontró una partida de cazadores que se dirigía al norte, a la casa de campo de Bellevue. Uno de sus perspicaces sabuesos dio con la pista, y se puso a cavar como loco. Se cuenta en Crabtree que el perro de marras era familia de uno de los que el viejo Pete tenía en su granja, y que había regalado cuando cachorro. Un instinto ancestral debió de llevarle hasta su antiguo señor. La conmoción en el pueblo fue enorme, y se pensó en el asesinato. El bueno del zapatero pudo salir del apuro gracias a que, al final, creyó más prudente renunciar a la cochambrosa granja de su amigo, por cuestiones de seguridad y para evitar habladurías. Pete Cordman se mostró de acuerdo en este punto, dejándole en su lugar un buen puñado de recuerdos que nadie echaría en falta. Nadie pudo, en definitiva, culpar al viejo Bill Turkey, a quien todos sabían el mejor amigo de Pete Cordman, y que estuvo realmente afligido cuando se enteró de que habían hallado el cuerpo de su camarada. Y en verdad se hallaba dolido por lo sucedido, ya que la última voluntad de su amigo no pudo mantenerse más de dos semanas.

Bill Turkey, el zapatero de Crabtree, era hábil remendando zapatos. También era un buen amigo. Y también fue, aquel invierno, cuando las noches caían llenas de niebla sobre el cementerio y la gente del pueblo ya había olvidado el asunto, un excelente saqueador de tumbas.

 

El naufragio del Crisantemo

El naufragio del Crisantemo

 

La primera vez que leí sobre un naufragio fue cuando tenía trece años. Vivía en un pueblecito de la costa, todas las tardes iba al puerto y me sentaba para ver las naves que volvían de faenar. Fue a principios de siglo, quizá 1901 o 1902. Recuerdo que era una historia de Jack London sobre un muchacho sin experiencia, como yo, que se enfrentaba a una terrible tempestad. Era un cuento corto, de un par de páginas, pero me causó una honda impresión y, por complicado que parezca, creo que aquel relato marcó el rumbo que tomaría mi vida más tarde. No, no me convertí en un marinero, al menos en un sentido estricto, pero es cierto que nunca me he separado del mar. Durante treinta años he conocido y recogido muchas historias parecidas a las de London como corresponsal naval. Sin embargo, ninguna ha logrado cautivarme tanto como la de aquella revista, cuando tenía trece años. Ninguna, salvo la del Crisantemo.

El Crisantemo, desaparecido en una tormenta, un oscuro misterio rodea su tragedia. Tan solo sobrevivieron cuatro marinos. Dos de ellos ya han muerto. Otro se encuentra en paradero desconocido, se cree que en alguna isla de la Micronesia. El último, ya muy viejo, vive en una casa aislada en un promontorio de las costas de Escocia. He viajado mucho y navegado por todas las latitudes, y de todos los lugares en los que he estado, creo que Escocia es sin duda el más bello y triste; sus acantilados, sus prados, sus infinitas bahías recónditas e inaccesibles, esa bruma que cubre todo varias veces al año. Aunque son quizá sus gentes, cargadas de hombros y de insondable mirada, las que parecen llevar consigo esa suerte de melancolía allá donde van. Se dice que el viejo nunca ha hablado del asunto. Lo cierto es que, una vez, yo estuve allí con él.

Aquella tarde, la tempestad azotaba los acantilados sobre los que se supendía la casa del viejo marino, solitaria en medio de ese páramo baldío. El hombre estaba de espaldas, de pie junto a la ventana, mirando hacia fuera, hacia el mar. Su voz llegaba hasta mí distorsionada por el concierto celeste y, cada cierto tiempo, se producía un sonido que acallaba incluso la tormenta y el oleaje. Este fenómeno era causado por las aguas que, a causa de su envite, se elevaban decenas de metros, de modo que, cuando caían, se precipitaban con tal fuerza que la espuma chisporroteaba como pólvora que se prende. Un rugido que parecía propagarse por la eternidad. Cuando así sucedía, el viejo callaba, pues no era posible escucharle. Aunque sospecho que había algo más.

Y lo cierto es que la gente tenía razón, porque nada de lo que me dijo fue acerca del naufragio del Crisantemo. Pero yo estuve allí, con él, en medio de la tormenta, en la casa del acantilado, mientras el mar, abajo, se revolvía furioso. Vi su rostro crisparse, su mirada de odio, pero también ese temor respetuoso que sentí yo por primera vez al leer acerca de un naufragio, el de aquella historia cuando era niño. Quizá es que el viejo callara para tratar de distinguir las voces de sus compañeros, los que lograron subir al bote pero cayeron al abismo en medio de la tempestad. Quizá sus únicas palabras al respecto las pronunciara en el momento en que las aguas caían, cuando solo el mar podía escucharlas. Tal vez, el viejo vivía allí con la esperanza de que algún día el mar le contara qué sucedió.

Al cabo de algunos años escuché que el viejo había desaparecido. La casa sigue allí, en el promontorio, y allí estará hasta que lo quieran los elementos.

 

El peine

El peine. Cenando en el club

 

Por lo que a mí respecta, todo empezó con un pelo en la sopa. Este es para mí el verdadero comienzo, dado que estaba presente cuando ocurrió. Mi amigo y yo cenábamos en uno de esos restaurantes de moda, uno de esos sitios caros en los que no siempre se come bien.  Fue a finales de diciembre; nos habíamos reunido para celebrar las fiestas y hacía un frío terrible, es por eso que decidimos pedir sopa. Estábamos haciendo una lista de todo lo reseñable que nos había pasado en el último año, para dedicir en qué grado había sido bueno o malo, cuando de repente a mi amigo se le quedó la cara tiesa, por así decirlo, y se puso blanco como la cal. Acto seguido se llevó la mano a los labios y, con gran repugnancia, comenzó a extraer un larguísimo pelo gris. Lo dejó en el borde del plato —solo de volver a mirarlo le dieron arcadas— y llamó de inmediato al camarero, que nos pidió disculpas y nos invitó a comer todo cuanto quisiéramos. Pero mi amigo había perdido el apetito, y, un poco escandalosamente, abandonamos el local acribillados por miradas interrogantes.

Aunque la reacción de mi amigo había sido un tanto exagerada, no le di más vueltas al asunto. Él se marchó a su casa bastante malhumorado y no le volví a ver hasta después de Año Nuevo. Para entonces, había sufrido un cambio terrible: estaba totalmente calvo, ni siquiera tenía cejas, ni pestañas, y no se adivinaban tampoco restos de vello en su cuello, manos, ni en sus brazos. Cuando le pregunté qué le había sucedido, si acaso estaba enfermo, negó vigorosamente y me conminó a que hablásemos en su casa. Lo primero que hice nada más franquear la puerta fue echarme mano a la cabeza para quitarme el gorro, pero mi amigo me detuvo y me pidió que, por favor, no lo hiciera. Me invitó a pasar y advertí que todo el mobiliario había cambiado: ni rastro de su vieja tapicería, alfombras, cortinas. Tampoco vi a Maurice, su viejo y fiel escocés. Entonces me relató sus tormentos a un ritmo enfebrecido, desvaríos de una mente torturada, obsesionada, perdida en un laberinto de fabulaciones. Padecía un extraño mal, me confesó, y era preciso que en adelante no nos volviéramos a ver. Aquello me pareció del todo absurdo, y me ofrecí para ayudarle de cualquier manera posible. Pero negaba y negaba, y no pude hacer que abandonara su determinación. Con lágrimas en los ojos, me dijo que aquello no era una despedida, que lucharía por encontrar un remedio a su mal —como seguía llamándolo— pero que, si él mismo llegara a desaparecer, todo cuanto le pertenecía pasaría a mis manos. Mi incredulidad era absoluta, mas dijo que todo había sido ya dispuesto y no había marcha atrás. A duras penas, realizando un esfuerzo supremo de persuasión, logré convencerle de que yo buscaría ayuda. La emoción del vínculo tan antiguo que nos unía, el ver a mi amigo tan desfigurado, tan al borde de la locura, me hizo soltar un torrente de palabras esperanzadoras: removería cielo y tierra, le aseguré, para encontrar a alguien que pudiera conjurar fuera de él ese extraño influjo que le oprimía. Rompiendo el nudo que le atenazaba se acercó a mí, y nos abrazamos como hermanos. Yo me había desabrochado el abrigo por el calor que el gorro me estaba dando. Cuando por fin nos separamos, su reloj se enganchó en uno de los anchos hojales del interior de la prenda, desgarrando el maltrecho bolsillo y arrojando al suelo su contenido: un gastado y doblado billete de metro y un pequeño peine de marfil que siempre llevaba conmigo. Al posar sus ojos sobre él, mi amigo emitió un grito como jamás yo haya escuchado de boca de un ser humano. Su rostro se crispó de terror y, envarándose, cayó fulminado en el acto.

Han pasado varios meses y la policía sigue manteniendo que yo le asesiné. Nada más comprobarse que, en efecto, mi amigo había hecho testamento a mi favor hacía escasos días, y ante la ausencia de pruebas que demostraran lo contrario, fui condenado sin más dilación. Aunque yo sabía que en el momento en que pusieron su pie en la casa, pese a que fui yo quien les había avisado, estaba perdido. Les conté esta historia, les expliqué que mi amigo sufría una rara y enfermiza aversión que había degenerado su mente hasta la demencia; todo esto fue ignorado en cuanto les narré el desenlace: «¡Un peine!», exclamaban entre risas policías, abogados y jueces, «¡dice que se murió al ver un peine!».

 

Pero la guerra sigue

Pero la guerra sigue

 

Llegaron por la noche y lo arrasaron todo. Las granjas, las casas, el molino, la posada. Campesinos y nobles asesinados por igual. Entraron montando corceles oscuros, poderosas bestias preparadas para la guerra. Llevaban antorchas y el fuego se reflejaba en las siniestras armaduras. La gente salió de las casas con el estrépito de las llamas, y entonces empezó la matanza. Uno a uno, fueron cayendo bajo el peso del acero. Las calles se tiñeron de sangre, se alzaron lamentos, súplicas, breves réplicas iracundas. Algunos hombres empuñaron el hacha del hogar, descolgaron de la pared el mandoble de hoja embotada que algún antepasado había legado, armas sobre las que se amontonaba el polvo de la paz. Pero cayeron, como los demás, y sus ojos mudos reflejaron el vacío. En apenas un suspiro la aldea entera ardía como una gigantesca hoguera. Los cuerpos se amontonaban en el suelo, negros fardos despojados de todo rasgo de humanidad. De vez en cuando, una figura que salía de detrás de una esquina, corriendo entre las llamas, tratando de escapar. Enseguida era rodeada y los invasores se divertían a su costa, prolongando su agonía hasta hacerla enloquecer. Junto a la fuente, una mujer apretaba contra el pecho a su hijo y miraba a los bárbaros con desorbitados, grandes ojos grises. El niño había muerto, pero su madre se negaba a soltarlo. Pronto se reuniría con él.

Sale el sol, en el horizonte aún persiste un tenue resplandor, el humo, restos silenciosos de la incursión. Los jinetes hace tiempo que se marcharon, levantando el polvo de los caminos a su paso. Los hombres mueren, pero la guerra sigue. Hay nuevos pueblos que tomar.

 

Vergopel

Los orígenes de este destructor arma se remontan a la oscura y tenebrosa noche de los tiempos, cuando en el joven mundo que se estaba desarrollando reinaba la ley de la supervivencia más absoluta. Las negras brumas cubrían los continentes y los mares eran infranqueables e infinitas dimensiones de ácido y fuego. La vista se perdía en un horizonte de impenetrables tinieblas. Las monstruosidades más horripilantes jamás imaginadas por la más torturada de las mentes enfermas caminaban sobre un suelo del que venía la muerte. Y la noche eterna reinaba acompañada por el tenue brillo de una luna solitaria. De entre todos los seres y los no-seres de esta delirante edad fruto de la insania de un dios loco, destacó la figura del gran no muerto, el nigromante supremo que comandaba las hordas de la devastación y el Fin. Su teoría: la destrucción lleva a la nueva creación. Su objetivo: cambiar el mundo. Su nombre: Vergopel.

Pero algo extraño ocurrió al margen de la independencia de este misterioso planeta que giraba sin rumbo fijo por el Multiverso. Los hechiceros se pronunciaron, los chamanes invocaron a sus dioses y los profetas anunciaron el Apocalipsis. Hablaban de que el dios supremo, cuyo nombre ya fue olvidado hace eras completas, había puesto en marcha su venganza contra los seres que derribaron sus altares y lo abandonaron a su suerte en la vastedad del vacío sideral. Se produjo entonces el Éxodo, y las criaturas con medios abandonaron sus hogares y se lanzaron a la conquista del Multiverso. Mas había una condenada a permanecer en el mundo cuando el meteorito realizara su impacto final.

Vergopel, el nigromante Vergopel, cuya raza e identidad en vida están perdidas en el pasado, aguardó el Fin para ver cumplida su obra. En el holocausto rezó al viejo y vengativo dios supremo por concederle lo que siempre había estado buscando, y con la fuerza que le quedaba abandonó su cuerpo y habitó en una espada milenaria llamada La Noche del Mundo, cuya hoja era del negro que tienen los abismos estelares y su mango y empuñadura eran de un azul tan oscuro y transparente como el crepúsculo más bello dentro de aquel atrofiado paraíso de monstruos. Cuando el alma de Vergopel pudo al fin introducirse en el arma, ésta lo adquirió y lo inmortalizó con el aparente e inmutable verde oscuro que la caracteriza, pero que observado a la luz de la luna adquiere el tono azulado y negro de antaño. Con miras a la eternidad, al entrar Vergopel en el frío material de la espada grabó unas extrañas runas sobre la hoja, sólo perceptibles a la luz de la luna, porque es lo único que permaneció en el mundo que el nigromante recordaba. Algunas leyendas afirman que esas runas llevan el nombre propio de Vergopel, pero otras defienden que son maléficos encantamientos que ayudarán al hechicero a retornar un día.

No se sabe cómo la espada ha permanecido tanto tiempo inmutable, pero lo cierto es que ha pertenecido a grandes guerreros y poderosos paladines que han ido cayendo a lo largo del inexorable tiempo. El espíritu de Vergopel quizá la mantenga viva, y por eso sus portadores miran a veces con recelo el arma cuando sienten un oscuro pensamiento que les incita a dar muerte.

Su último portador conocido, Rith de Gugra, fue hallado muerto en un bosque cercano a Caledorn. La mueca de su semblante reflejaba un horror sobrenatural fuera de los límites de lo imaginable. Junto a él hallaron la espada, fuera de su vaina y más fría que el hielo de esas tierras del remoto norte. En su hoja brillaban unas runas indescifrables cuya luz se extinguió suavemente cuando una mano la empuñó.

Luego estalló la tormenta.