Los orígenes de este destructor arma se remontan a la oscura y tenebrosa noche de los tiempos, cuando en el joven mundo que se estaba desarrollando reinaba la ley de la supervivencia más absoluta. Las negras brumas cubrían los continentes y los mares eran infranqueables e infinitas dimensiones de ácido y fuego. La vista se perdía en un horizonte de impenetrables tinieblas. Las monstruosidades más horripilantes jamás imaginadas por la más torturada de las mentes enfermas caminaban sobre un suelo del que venía la muerte. Y la noche eterna reinaba acompañada por el tenue brillo de una luna solitaria. De entre todos los seres y los no-seres de esta delirante edad fruto de la insania de un dios loco, destacó la figura del gran no muerto, el nigromante supremo que comandaba las hordas de la devastación y el Fin. Su teoría: la destrucción lleva a la nueva creación. Su objetivo: cambiar el mundo. Su nombre: Vergopel.
Pero algo extraño ocurrió al margen de la independencia de este misterioso planeta que giraba sin rumbo fijo por el Multiverso. Los hechiceros se pronunciaron, los chamanes invocaron a sus dioses y los profetas anunciaron el Apocalipsis. Hablaban de que el dios supremo, cuyo nombre ya fue olvidado hace eras completas, había puesto en marcha su venganza contra los seres que derribaron sus altares y lo abandonaron a su suerte en la vastedad del vacío sideral. Se produjo entonces el Éxodo, y las criaturas con medios abandonaron sus hogares y se lanzaron a la conquista del Multiverso. Mas había una condenada a permanecer en el mundo cuando el meteorito realizara su impacto final.
Vergopel, cuya raza e identidad en vida están perdidas en el pasado, aguardó el Fin para ver cumplida su obra. En el holocausto rezó al viejo y vengativo dios supremo por concederle lo que siempre había estado buscando, y con la fuerza que le quedaba abandonó su cuerpo y habitó en una espada milenaria llamada La Noche del Mundo, cuya hoja era del negro que tienen los abismos estelares y su mango y empuñadura eran de un azul tan oscuro y transparente como el crepúsculo más bello dentro de aquel atrofiado paraíso de monstruos. Cuando el alma de Vergopel pudo al fin introducirse en el arma, ésta lo adquirió y lo inmortalizó con el aparente e inmutable verde oscuro que la caracteriza, pero que observado a la luz de la luna adquiere el tono azulado y negro de antaño. Con miras a la eternidad, al entrar Vergopel en el frío material de la espada grabó unas extrañas runas sobre la hoja, sólo perceptibles a la luz de la luna, porque es lo único que permaneció en el mundo que el nigromante recordaba. Algunas leyendas afirman que esas runas llevan el nombre propio de Vergopel, pero otras defienden que son maléficos encantamientos que ayudarán al hechicero a retornar un día.
No se sabe cómo la espada ha permanecido tanto tiempo inmutable, pero lo cierto es que ha pertenecido a grandes guerreros y poderosos paladines que han ido cayendo a lo largo del inexorable tiempo. El espíritu de Vergopel quizá la mantenga viva, y por eso sus portadores miran a veces con recelo el arma cuando sienten un oscuro pensamiento que les incita a dar muerte.
Su último portador conocido, Rith de Gugra, fue hallado muerto en un bosque cercano a Caledorn. La mueca de su semblante reflejaba un horror sobrenatural fuera de los límites de lo imaginable. Junto a él hallaron la espada, fuera de su vaina y más fría que el hielo de esas tierras del remoto norte. En su hoja brillaban unas runas indescifrables cuya luz se extinguió suavemente cuando una mano la empuñó.
Luego estalló la tormenta.