
Llegaron por la noche y lo arrasaron todo. Las granjas, las casas, el molino, la posada. Campesinos y nobles asesinados por igual. Entraron montando corceles oscuros, poderosas bestias preparadas para la guerra. Llevaban antorchas y el fuego se reflejaba en las siniestras armaduras. La gente salió de las casas con el estrépito de las llamas, y entonces empezó la matanza. Uno a uno, fueron cayendo bajo el peso del acero. Las calles se tiñeron de sangre, se alzaron lamentos, súplicas, breves réplicas iracundas. Algunos hombres empuñaron el hacha del hogar, descolgaron de la pared el mandoble de hoja embotada que algún antepasado había legado, armas sobre las que se amontonaba el polvo de la paz. Pero cayeron, como los demás, y sus ojos mudos reflejaron el vacío. En apenas un suspiro la aldea entera ardía como una gigantesca hoguera. Los cuerpos se amontonaban en el suelo, negros fardos despojados de todo rasgo de humanidad. De vez en cuando, una figura que salía de detrás de una esquina, corriendo entre las llamas, tratando de escapar. Enseguida era rodeada y los invasores se divertían a su costa, prolongando su agonía hasta hacerla enloquecer. Junto a la fuente, una mujer apretaba contra el pecho a su hijo y miraba a los bárbaros con desorbitados, grandes ojos grises. El niño había muerto, pero su madre se negaba a soltarlo. Pronto se reuniría con él.
Sale el sol, en el horizonte aún persiste un tenue resplandor, el humo, restos silenciosos de la incursión. Los jinetes hace tiempo que se marcharon, levantando el polvo de los caminos a su paso. Los hombres mueren, pero la guerra sigue. Hay nuevos pueblos que tomar.