El peine. Cenando en el club

 

Por lo que a mí respecta, todo empezó con un pelo en la sopa. Este es para mí el verdadero comienzo, dado que estaba presente cuando ocurrió. Mi amigo y yo cenábamos en uno de esos restaurantes de moda, uno de esos sitios caros en los que no siempre se come bien.  Fue a finales de diciembre; nos habíamos reunido para celebrar las fiestas y hacía un frío terrible, es por eso que decidimos pedir sopa. Estábamos haciendo una lista de todo lo reseñable que nos había pasado en el último año, para dedicir en qué grado había sido bueno o malo, cuando de repente a mi amigo se le quedó la cara tiesa, por así decirlo, y se puso blanco como la cal. Acto seguido se llevó la mano a los labios y, con gran repugnancia, comenzó a extraer un larguísimo pelo gris. Lo dejó en el borde del plato —solo de volver a mirarlo le dieron arcadas— y llamó de inmediato al camarero, que nos pidió disculpas y nos invitó a comer todo cuanto quisiéramos. Pero mi amigo había perdido el apetito, y, un poco escandalosamente, abandonamos el local acribillados por miradas interrogantes.

Aunque la reacción de mi amigo había sido un tanto exagerada, no le di más vueltas al asunto. Él se marchó a su casa bastante malhumorado y no le volví a ver hasta después de Año Nuevo. Para entonces, había sufrido un cambio terrible: estaba totalmente calvo, ni siquiera tenía cejas, ni pestañas, y no se adivinaban tampoco restos de vello en su cuello, manos, ni en sus brazos. Cuando le pregunté qué le había sucedido, si acaso estaba enfermo, negó vigorosamente y me conminó a que hablásemos en su casa. Lo primero que hice nada más franquear la puerta fue echarme mano a la cabeza para quitarme el gorro, pero mi amigo me detuvo y me pidió que, por favor, no lo hiciera. Me invitó a pasar y advertí que todo el mobiliario había cambiado: ni rastro de su vieja tapicería, alfombras, cortinas. Tampoco vi a Maurice, su viejo y fiel escocés. Entonces me relató sus tormentos a un ritmo enfebrecido, desvaríos de una mente torturada, obsesionada, perdida en un laberinto de fabulaciones. Padecía un extraño mal, me confesó, y era preciso que en adelante no nos volviéramos a ver. Aquello me pareció del todo absurdo, y me ofrecí para ayudarle de cualquier manera posible. Pero negaba y negaba, y no pude hacer que abandonara su determinación. Con lágrimas en los ojos, me dijo que aquello no era una despedida, que lucharía por encontrar un remedio a su mal —como seguía llamándolo— pero que, si él mismo llegara a desaparecer, todo cuanto le pertenecía pasaría a mis manos. Mi incredulidad era absoluta, mas dijo que todo había sido ya dispuesto y no había marcha atrás. A duras penas, realizando un esfuerzo supremo de persuasión, logré convencerle de que yo buscaría ayuda. La emoción del vínculo tan antiguo que nos unía, el ver a mi amigo tan desfigurado, tan al borde de la locura, me hizo soltar un torrente de palabras esperanzadoras: removería cielo y tierra, le aseguré, para encontrar a alguien que pudiera conjurar fuera de él ese extraño influjo que le oprimía. Rompiendo el nudo que le atenazaba se acercó a mí, y nos abrazamos como hermanos. Yo me había desabrochado el abrigo por el calor que el gorro me estaba dando. Cuando por fin nos separamos, su reloj se enganchó en uno de los anchos hojales del interior de la prenda, desgarrando el maltrecho bolsillo y arrojando al suelo su contenido: un gastado y doblado billete de metro y un pequeño peine de marfil que siempre llevaba conmigo. Al posar sus ojos sobre él, mi amigo emitió un grito como jamás yo haya escuchado de boca de un ser humano. Su rostro se crispó de terror y, envarándose, cayó fulminado en el acto.

Han pasado varios meses y la policía sigue manteniendo que yo le asesiné. Nada más comprobarse que, en efecto, mi amigo había hecho testamento a mi favor hacía escasos días, y ante la ausencia de pruebas que demostraran lo contrario, fui condenado sin más dilación. Aunque yo sabía que en el momento en que pusieron su pie en la casa, pese a que fui yo quien les había avisado, estaba perdido. Les conté esta historia, les expliqué que mi amigo sufría una rara y enfermiza aversión que había degenerado su mente hasta la demencia; todo esto fue ignorado en cuanto les narré el desenlace: «¡Un peine!», exclamaban entre risas policías, abogados y jueces, «¡dice que se murió al ver un peine!».